TESTIMONIO PERSONAL

El Jefe, el partido y la fiesta de la fraternidad

Avanzar en medio de cartelones, entusiasmos indescriptibles y una muchedumbre enfervorizada que aclama un nombre compuesto, pudiera parecer complicado entre los cinco o seis años de edad, sin embargo, no lo fue, constituyó una experiencia única que registro en mi mente como un sello imborrable que me acompaña por toda la vida.

Repetida anualmente, el 22 de febrero es una fiesta de toda la familia, constituye una expresión precedida de actividades y recuerdos que hablan de una forma de vivir el amor por la patria e identificarnos con un legado ciudadano que para algunos sigue siendo incomprensible, a pesar de su evidente contenido nacionalista vividas en esas inacabables noches de entusiasmo popular, en medio de la parafernalia, alegría y el chifa de medianoche, en el que los comentarios exaltaban la impresionante multitud, el discurso del Jefe y la grandeza de nuestro partido.
De las históricas crayolas con las que dejamos constancia de nuestra militancia en baños, teléfonos públicos y señales de tránsito, pasamos a las fogatas de los cerros, el estallar uniforme y simultáneo de cohetones, la inscripción enorme en cuanta pared aparente se nos presentase, dando cuenta del valor de nuestra celebración y del cumpleaños de nuestro compañero Víctor Raúl Haya de la Torre.

Dio siempre lo mismo si fueron los obreros de la Universidad Popular, los delegados de la Federación de Estudiantes, las mujeres sin derechos civiles, los jóvenes o los campesinos quienes lo acompañaron en las horas fundacionales del aprismo, lo que nadie discute en que los extranjeros que lo acogieron en el exilio, las muchedumbres obreras que lo recibieron en 1931 cuando volvió del exilio, los compañeros por miles en la prisión, los que entregaron sus vidas por él y su causa, los que recobraron las libertades en las primaveras democráticas, o las familias que se reencontraron en tiempos de paz; todos, siempre, hicieron un alto cada 22 de febrero para extender su brazo fraterno para la unidad nacional en nombre Haya de la Torre o su sinónimo más común, la Fraternidad.

En Villa Mercedes, su casa ubicada en el populoso distrito de Vitarte en Lima, o en el hogar de cada uno de los apristas, nuestra natividad no fue nunca un ensalzamiento de la vanidad humana o la simple celebración del onomástico del hombre, fue la expresión popular de la reafirmación de nuestra hermandad, de nuestro sentimiento de solidaridad y de ese estupendo momento para una tregua y para la paz que logró convertir “el día aprista de la fraternidad” en una fiesta de hermandad de todos los peruanos de buena voluntad.

Milito en el APRA desde mi infancia más lejana y declaro, por tanto, que soy hijo de la fraternidad, que es sentimiento e identificación con los valores más entrañables de nuestra nacionalidad. Fui educado en el amor al Perú, al partido, a sus mártires, sus líderes y su historia, no sólo porque ellos representan la entrega a una causa justa, sino porque existe la necesidad de sembrar valores que hagan de nuestra convivencia ciudadana, una posibilidad de forjar una verdadera unidad nacional.

Por eso, cada año, en cada hogar aprista por pequeño o humilde que sea, en cada institución fraterna dirigida por compañeros y en cada pueblo, se ha hecho una sana costumbre recordar el cumpleaños del Jefe del Partido -en legalidad o clandestinidad-, para aportar ideas en torno a la nación libre, culta y justa que proclamaron los iniciados en las tareas de burilar piedras convertidas en obras de perfeccionamiento humano para el bien común.

En un país fraccionado como el nuestro, los pueblos se siguen reuniendo tras costumbres, sentimientos o ideales que forjan el folclore popular donde prevalece el amor por lo nuestro. Nuestra Fraternidad por eso, dejó de ser exclusiva y se convirtió hace ya muchos años, en un estupendo pretexto para la concordia y la unidad entre todos los peruanos.

No sé cuántas veces acompañé la fiesta de la fraternidad, sólo recuerdo que tuve el privilegio de estar al lado de un gigante, que llegué esperando verlo y al escuchar su voz, con sólo su voz, un hálito de fortaleza me llenó de aliento y esperanza por mi patria. Gocé de su atención y afecto, y desde entonces, levanté la mano izquierda en señal de identificación gritando hasta el cansancio su nombre compuesto. Victor Raul es el mismo grito que mi familia comparte desde hace cuatro generaciones y que ahora, con orgullo, mis hijos preservarán en adelante.

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