La muerte lacerante de Alan García me ha llenado de rabia y de tristeza

Se los diré con todas sus letras: la muerte lacerante del presidente Alan García me ha llenado de rabia y de tristeza. Y estoy seguro de que a muchos de ustedes también. Pero, a diferencia de algunos de mis culposos colegas que hoy quieren hacerse los compungidos, no tengo que hacer ningún esfuerzo por quedar bien, por disimular, en público, lo que en privado siento. Y lo que siento es pena, indignación y también vergüenza de formar parte de esta extraña especie de tribu caníbal que, no contenta con condenarte sin siquiera haber sido sentenciado, se solaza distribuyendo la foto de tu cuerpo ensangrentado para multiplicar así el dolor de tus hijos, de tu mujer, de tu familia. Y, no contenta con eso, la turba te insulta y te escupe mientras agonizas. Y cuando ya dejaste de existir, sale una ministra a decir que –un momentito– no te has muerto todavía, porque todavía falta terminar de rebuscarte los cajones de la cómoda. Y cuando ya no pueden ocultarlo más, tuitean muy apuradas, muy consternadas condolencias para certificar –ahora sí– tu defunción, para que la ciudadanía pueda seguir insultándote y escupiéndote también después de muerto. Eso, señores, no son las redes sociales, no son los trolls, no son los haters, no. Eso es el Perú. El Perú en todo su esplendor. Tal es nuestra naturaleza, nuestra esencia, nuestra entraña. El estigma de la peor violencia imaginable ha de estar ya muy bien grabado en nuestro ADN porque lo que ha ocurrido esta semana aquí, francamente, da pavor, da ganas de tomar el primer avión y mandarse mudar para siempre, de nacionalizarse ciudadano de cualquier otra parte.

Poco tiempo antes de morir, un gran amigo de Alan, el senador Enrique Bernales, me dijo en una entrevista que el Perú podía ser, para muchos, una enfermedad terminal. Que él pensaba que Víctor Raúl Haya de la Torre y José María Arguedas (y, él mismo, qué duda cabe) habían muerto de Perú. Esta semana me he convencido de que su trágico diagnóstico fue certero: el Perú mata. No existe mayor ni más importante desafío para un peruano que el de evitar que su amado Perú lo aplaste. Y estoy seguro de que Alan lo sabía. Lo sabía hacía tiempo. Lo sabía hace, por lo menos, cinco meses cuando le escribió a sus hijos esa carta devastadora que seguirá leyéndose en los libros cuando nosotros ya no estemos aquí. Esa carta que le entregó al señor Ricardo Pinedo, su fidelísimo secretario quien la guardó celosamente, rezando por nunca tener que cumplir con tan terrible encargo. En los días de la Embajada de Uruguay, cuando ninguno de los notorios apristas que hoy lanzan arengas fervorosas querían ir a la televisión a sacar cara por su líder, Pinedo concedió entrevistas por primera vez, vino a mi set y lo defendió como un león. No voy a olvidar lo que, durante los comerciales, me dijera: “Hay personas que no han nacido para estar encerradas. Mi jefe nunca irá a prisión”. Más tarde hablaríamos de algo que ya en redacciones se comentaba hacía días, que Alex Kouri estaba sufriendo de una severa depresión, que no le estaban llegando sus medicinas al penal a tiempo y que su familia tenía miedo de que intentara atentar contra su vida. En ese momento no se me ocurrió hilar una cosa con la otra, ni a mí ni a nadie que no fuera Pinedo, una persona tan leal que, a la mañana siguiente de la muerte, despertó diciendo: “Hoy ya no tengo nadie que me dé órdenes, hoy no sé qué cosa voy a hacer”.

“Es rara esta sensación de que ya no tengo a nadie a quién cuidar” –me dijo Carla esta mañana. “Y también peligrosa” –le contesté, habiendo constatado con orgullo que había dejado, por fin, de preocuparse por guardar las formas y había mandado a la mierda ejemplarmente a Mónica Sánchez y a Nicolás Lúcar en el Twitter de la misma épica manera en que Cuki Cheesman lo había hecho con Sol Carreño y Allan Wagner. Cuki, que fue la única persona a la que Alan llamó aquella aciaga mañana para despedirse, para decirle cuánto la amaba antes de emprender el viaje final. Piense el lector en quién sería la persona a la que llamaría en semejante circunstancia. Pregúntese si tiene la suerte de tener en su vida semejante amor. Una década antes de conocer a Carla, yo había conocido a su papá en el Café Malakoff de París en el año 2000 así que mi fascinación por su endemoniada inteligencia y su exquisita erudición es muy anterior a mi público camote por ella (que muchos me recuerdan permanentemente, creyendo ponerme en apuros, sin saber lo muy feliz que me hacen). La noche del domingo pasado ella y yo conversábamos sobre si –en medio de tanta turbulencia política– debía o no debía hacer el viaje a México que tenía planeado. En un primer momento, sabiendo cuánto le había afectado toda esta historia, voté porque se fuera, pero luego temí que algo malo ocurriera y solo atiné a decirle: “Piensa que si algo pasa tardarás prácticamente un día en regresar”. Dos días más tarde, en el Duty Free del aeropuerto Jorge Chávez, Carla se fundía en un solo, interminable abrazo con sus hermanos Federico y Luciana que también llegaban de distintas partes del mundo al funeral de su papá. No he visto a nadie defender a su padre como lo ha defendido Carla. Estoy seguro de que ella daría su vida porque él siguiera vivo todavía.

En un correo electrónico que me envió el 4 de febrero de 2013, Alan García escribió: Un día ensayé irme solo a la orilla del mar en Asia, me eché en una poltrona y se me acercaron diez curiosos, uno tras otro, a darme consejos, a hacerme preguntas… entonces dije que mejor sería irme a la Costa Verde, pero allí también vinieron y me tomaron como cincuenta fotos así que ahora estoy buscando un bote de remos para poder sentir el mar pero yo solo. ¿Ha visto La Strada de Fellini con Anthony Quinn? Al final, el protagonista grita: ¡No necesito a nadie!, ¡quiero estar solo!, ¡quiero estar solo!

El ex presidente Alan García Pérez. (USI)
(Se preguntará el lector si no voy a decir aquí nada sobre Odebrecht. Por supuesto que diré algo. Solo diré que pasado mañana habla Barata y que más vale que acuse a García y que tenga muchas pruebas en su contra. Por el bien de este pobre país y de las desconcertadas gentes que lo conducen, más vale que así sea).

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