Apuntes La Tribuna

El Acta Fundacional de la Sección Peruana del APRA Continental, es el legado histórico más importante del aprismo auroral y, en ella, cobra singular importancia, el encargo que recibieron  Víctor Polay Risco, Alcides Spelucin y Serafín Delmar para la puesta en marcha de un proyecto editorial que habría de convertirse al poco tiempo en el antecedente más importante de la primera y más importante publicación política que registra la historia política continental.

Experiencias como la de las revistas “Claridad” en Lima, “APRA” en París, Francia; “Meridiano” en La Paz, Bolivia; “Honda” en Buenos Aires, Argentina, entre otras, constituyen  aportes que hay que merituar para entender la proyección del objetivo comunicacional más importante que asumiera agrupación política alguna en el siglo XX.

Si bien los espacios logrados en la época por “Claridad”, “Amauta” y “Labor” marcaron el derrotero que seguirían otros proyectos, tras la  muerte de José Carlos Mariátegui director e impulsor de las dos últimas publicaciones, el nefasto protagonismo de Eudocio Ravines arrastró consigo toda esa experiencia plural, hasta convertirlas en apéndices de los objetivos propagandísticos de la Internacional Comunista financiada desde Moscú.

La revista “APRA”, dirigida por Serafín Delmar salió a circulación casi al mismo tiempo en que se fundó el Partido Aprista, la experiencia de los exiliados y especialmente Manuel Seoane, propendían al lanzamiento de un tabloide que respondiera “de igual a igual”, la lógica del diario conservador “El Comercio”, informando y orientando verazmente a la población en torno al acontecer nacional.

A la propuesta se sumó de inmediato el joven presidente de la Asociación Nacional de Periodistas, Luis Alberto Sánchez y Manuel Seoane Corrales quienes de manera conjunta impulsaron el proyecto de Haya de la Torre: el periódico LA TRIBUNA que se fue cuajando casi al mismo tiempo que las primeras tareas de la Sección Peruana del APRA Continental.

Modestas colectas entre estudiantes y trabajadores, discretos aportes personales, colaboraciones de gremios laborales, las remesas de los exiliados y la donación de los pagos de Haya de la Torre por sus artículos publicados en medios de comunicación del extranjero, formaron la primera y modesta “bolsa de contribuciones” que, tras los gastos iniciales, permitió sumar los modestísimos 30 soles del capital de LA TRIBUNA, diario llamado a convertirse a partir de entonces en “la voz de los pobres.”

Algunos de los principales redactores y directivos de LA TRIBUNA tenían alguna experiencia en tareas de propaganda; otros, “se habían asomado al periodismo” por sus escritos políticos y gremiales lo que produjo una interesante combinación entre juventud, entusiasmo, conocimiento y capacidad en el manejo del proyecto comunicacional del aprismo auroral.

Parte de quienes compartieron estos esfuerzos fueron elegidos miembros de la Asamblea Constituyente el año 1931 y sus emolumentos, pasaron entonces también a formar parte del capital societario al mismo tiempo que los empleados decidieron “reinvertir” parte de sus salarios por “acciones laborales”, lo que en diciembre del mismo año, produjo el primer ensayo de comunidad laboral, haciéndose partícipes de la gestión, a todo el personal de redacción y los talleres del periódico.

El éxito de LA TRIBUNA responde a la naturaleza de su estructura independiente y a su noble misión: contraponerse a la caduca visión de un periodismo servil y exclusivamente comercial que imponía casi hegemónicamente el diario  “El Comercio.

El nombre fue sugerido por el propio Seoane tras una conversación en la que los trabajadores del sindicato textil, al referirse a Haya de la Torre lo aludían reiteradamente como el “TRIBUNO”.

El nuevo periódico vio las calles un 16 de mayo de 1931 y desde entonces, “llegó a todos lados y estuvo en manos de todos” gracias al esfuerzo editorial de sus redactores y trabajadores tal como se ha dicho, pero también, por el impulso de Haya de la Torre, la dedicación organizacional puesta en el proyecto de Manuel Seoane, Manuel Solano y Hugo Otero, quienes con ingenio popular y la adhesión del pueblo, hicieron posible y realidad miles de ejemplares del entonces llamado “Pan Caliente”, confiados al viejo automóvil “Roadster” que conducía Jorge Carcovich.

En muy poco tiempo el periódico que despertó las furias del régimen se convertía en la conciencia del régimen y la sombra de “El Comercio”. Nadie se explicaba cómo un periódico impreso en “cantidades supuestamente discretas”, se distribuía no sólo entre los apristas, sino entre los pueblos de todo el país, a nivel nacional logrando superar las ventas del pomposo diario “El Comercio” que llenaba sus páginas de registros de finos y exquisitos potajes que acompañaban reportajes de suntuosos e inalcanzables ágapes elitistas a los que LA TRIBUNA confrontaba con el nuevo tabloide que revolucionó el periodismo y cuyas páginas en cambio, tenía información viva sobre la calle, sobre la vida cotidiana de la gente y la narrativa de una increíble y viva y creciente organización popular y sindical, que mostraba una forma diferente de recoger de informar.

Manuel Seoane, Luis Alberto Sánchez, Arturo Sabroso Montoya y Luis López Aliga fueron los más representativos exponentes de este nuevo estilo de hacer periodismo al que se sumarían poetas, trabajadores, estudiantes y dirigentes gremiales como Serafín Delmar, Manuel Solano, Pedro Reyes Zeña, Hugo Otero, José Diez Canseco y Alcides Spelucín.

También participaron activamente en LA TRIBUNA, Manuel Trujillo, Ramón Velasco, Carlos Fernández Rivas, Bernardo García, Domingo Biasevish, Oswaldo Dancourt, Víctor Polay y José Melgar Márquez a quienes se sumaba Carlos Casterot Arroyo, un experto en crítica de teatro, Plácido Galindo y Carlos Lassus que escribían sobre deporte, Alejandro Gonzáles y Elodoro Martínez, dibujantes; así como José Avilés sobre quien reposaba la responsabilidad del arte de la fotografía.

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